Cuestión de suerte
 
Robert Bloch


 

Frankie se agarraba a la barra con las dos manos. Si se soltara, podría caerse al suelo. Y no quería hundirse en la inconsciencia, porque ese tipo viejo —el profesor— iba a hablarle, y si le escuchaba, el viejo posiblemente le pagaría otra copa.

—La suerte —decía el viejo profesor— es la que lo decide todo en nuestro mundo. Hace cinco años, yo era un miembro respetado de la Universidad. Hoy, después de algunos reveses de fortuna...

Y se calló, soltando un prolongado suspiro. Frankie suspiró a su vez y repuso:

—Sé lo que quiere usted decir. Yo tampoco tengo la costumbre de vagabundear.

Era una mentira, pues Frankie había sido toda su vida un vagabundo. Pero quería mantener buenas relaciones con el otro y deseaba beberse otra copa. Precisamente en aquel momento, el viejo hacía una seña al camarero, mostrando una moneda de medio dólar que sostenía en el aire.

—Cara o cruz —dijo el profesor—. ¿Quién podría decir qué lado saldrá cuando arroje esta moneda sobre el mostrador? Yo, desde luego, no. Ni tú. Un matemático diría que las posibilidades son las mismas desde todos los puntos de vista. El profesor Rhine te dirá que dichas posibilidades pueden ser modificadas. Pero nadie lo sabe. Ése es el misterio del universo. Ninguno de nosotros puede prever lo que traerá la suerte. ¡Mira!

Frankie consiguió fijar su mirada y vio caer la moneda. Ésta chocó contra el mostrador, rebotó y dejó de moverse... en equilibrio y de canto.

—¡La suerte! —El viejo profesor soltó una risita—. Sólo la suerte que opera en torno nuestro, que dirige cada movimiento de nuestras vidas. Si Lincoln se hubiera inclinado para atar el cordón de su zapato en el momento en que Booth apretaba el gatillo... Si no hubiera aparecido un pájaro cuando Cristóbal Colón hacía frente a los amotinados... ¡Sí! Todos somos víctimas de Tiché.

—No la conozco.

—Tiché. Fortuna, como la llamaban los romanos. Una de las tres Parcas.

—Nunca me he encontrado con esa señora.

—Dudo que pudiera. —Sin dejar de beber, el viejo profesor sonrió a Frankie—; pero los antiguos se daban cuenta de su importancia. Celebraban un festival anual en su honor. Creo que era el veinticuatro de junio. Yo la he visto representada con un cuerno de la abundancia en las manos, de pie sobre una bola...

—¡Oh, sí! Vamos al baile —rezongó Frankie, que había entendido mal la palabra—. Otra copa, y estaré listo para el baile.

—No deberías deber tanto —le dijo el viejo.

Frankie alzó los hombros.

—¿Y para qué? ¿Qué otra cosa podría hacer? Yo nunca he tenido suerte, ni una sola vez. Míreme: soy un pobre y desgraciado borracho. Tiemblo como un viejo y no tengo más que treinta y tres años. Si tuviera tan sólo una oportunidad...

El profesor asintió con la cabeza.

—Yo podría contarte una historia muy parecida —le dijo—. Lo mismo que cada ser humano. Con sus cien últimos dólares, un hombre se compra una cabaña junto a una playa... y seis meses más tarde se le halla muerto de hambre. Otro tipo hace la misma cosa... y seis meses más tarde se encuentra petróleo en la orilla y vende su terreno por un millón de dólares. Un hombre va por la calle y se tropieza junto a una boca de alcantarilla con una cartera llena de dinero. Otro pasa por esa misma calle un instante después, en el preciso momento en que se desprende una cornisa, y muere. La Fortuna es una diosa caprichosa, amigo mío. Pero, ¿quién sabe? Siendo caprichosa, puede modificar su actitud y traerte riqueza y felicidad.

—¡Eso son tonterías! —dijo Frankie.

—Así habla el espíritu científico —respondió el viejo profesor—; pero yo no estoy tan seguro. ¡Si pudiera enterarme del secreto de lo que atrae a la Fortuna! No pido otra cosa. Puede ser simplemente cuestión de fe o de veneración. La Fortuna es una diosa, y las diosas exigen que se las adore. Como es mujer, reclama fidelidad. ¿Será que los llamados afortunados son principalmente aquellos que han descubierto el secreto y jurado fidelidad a la Fortuna a cambio de sus favores?

—Yo no digo nada —masculló Frankie—; pero haría cualquier cosa por una señora así.

Tomó su copa, bebió y luego se volvió. El viejo profesor había salido vacilando. El camarero se acercó meneando la cabeza.

—¡Hay que ver cómo la cogen! —exclamó.

—¡Hombre! —respondió Frankie—. Pero lo que me extraña es que un tipo como él venga a este bar.

—¡Ya Sabe usted! —contestó el camarero—. Aquí recibimos gente de categoría, que viene a jugar a la sala de ahí dentro.

Frankie recordó. Sí, había una sala allá en el fondo. Ruleta, dados, lo de siempre. Él no había puesto nunca los pies allí, porque nunca había tenido un céntimo. Pero, pensándolo bien..., muchas personas habían pasado por detrás de él durante aquella noche. Como el cretino calvo que pasaba en este momento, y el estudiante con gafas, y la dama vestida de rojo.

La dama de rojo... ¡Qué buen bocado!

Frankie no se había fijado en las mujeres desde hacía varios meses.

Cuando uno se dedica a la bebida, acaban por no interesar. Pero ésta le interesaba.

Llevaba un vestido de noche rojo. Su piel era blanca como el.mármol y su cabellera de un negro azabache. Miró a Frankié al pasar y le sonrió.

Le sonrió. El aspecto de Frankie no debía importarle.

Frankie estaba borracho. Si no, jamás hubiera hecho eso. Pero como estaba borracho, la siguió titubeante. Hasta la puerta de la sala del fondo... y se fue tras ella mientras que él portero la miraba y la dejaba pasar. Y Frankié cruzó la puerta con ella. El portero no intentó siquiera detenerlo. Aunque a Frankie le pareció que lo miraba a él más que a ella.

La sala del fondo era más grande de lo que él había pensado, y muy imponente. El bar grasiento que la precedía no era más que una tapadera. Aquí se jugaba en grande: tres vastas mesas de ruleta y cuatro mesas para los dados. Por lo menos debía haber cincuenta personas.

La atmósfera estaba cargada de humo, pero no era neblinosa. Hasta los jugadores de dados estaban en calma, y cuando la ruleta giraba en una mesa se podía oír resonar la bola. Frankie siguió a la dama de rojo hasta una mesa de ruleta. Había muchos rostros alegres de ciudadanos bien vestidos y llenos de dinero. Ante algunos había grandes montones de fichas, más pequeños ante otros. Y la ruleta que giraba en medio, la ruleta con las treinta y seis cifras y cero y doble cero, la ruleta con el rojo y el negro. Cada vez que ella daba sus giros, algunos montoncitos disminuían, mientras que otros aumentaban.

¿Por qué?

Es que ella estaba allí. Esa cosa de que había hablado el profesor: la fortuna, la suerte.

Algunos debían de tener ante ellos mil dólares o más en fichas, y no cesaban de ganar. Otros perdían sin parar y compraban más fichas: un dólar por las blancas, diez por las rojas y veinte por las azules.

Pero, ganando o perdiendo, todos estaban apasionados. Frankie sentía cómo la excitación se estremecía por oleadas, alrededor de la mesa. Todos miraban cada tirada, cada juego. Él miraba también y experimentaba la misma excitación. ¡Si él tuviera algo para apostar!

Se quedó mirando a la mujer de rojo. Ella tampoco jugaba y se contentaba con mirar..., igual que él; pero no como él, pues ella no estoba excitada. Frankie podía verla allí de pie, como una estatua. Nadie más la miraba, aunque era la más bella de la reunión. Se hubiera dicho que ignoraban su presencia.

Y ella miraba, pero sin que sus ojos cambiasen. No apretaba los puños, ni jadeaba, ni parecía siquiera interesada. Era como si supiera quién iba a ganar y quién iba a perder.

Frankie la contemplaba con fijeza. De repente, ella volvió la caída y lo miró de nuevo. Sus ojos eran como un par de diamantes negros. Él quiso evitar.su mirada, y entonces ella apartó los ojos hacia el suelo.

Frankie se inclinó para ver qué era lo que ella miraba. Y entonces se dio cuenta.

Una ficha yacía entre sus pies. Se debía haber caído del montoncito de alguien. Frankie se agachó y la cogió. Una ficha azul: veinte dolares. Podía cambiarla por efectivo inmediatamente. ¡Un verdadero golpe de suerte!

Buscó con la mirada a los cambistas que circulaban entre el público, con su cajita sobre el vientre, pero no vio a ninguno. Y el croupier empezaba a recitar su melopea:

—¡Señoras y señores, hagan juego...!

¿Y por qué no? Encontrar veinte dólares era estar de suerte. Veinte se podían transformar en cuarenta. ¿Pero a cuál debía jugar? ¿Al negro o al rojo?

Frankie volvió a mirar a la dama. Ella llevaba puesto un vestido rojo, evidentemente; pero sus cabellos eran negros y sus ojos también eran negros. Los ojos negros lo miraban fijamente en este momento...

Bueno, pues jugaría al negro. Frankie fue a depositar su ficha, pero su mano no estaba firme y la ficha se le escapó. Rodó y aterrizó sobre el número 33.

Trató de alargar el brazo, pero el croupier dijo:

—¡No va más!

La ruleta empezó a girar, y él no tuvo más remedio que quedarse inmóvil mirando. Veinte dólares desperdiciados como si nada. ¡Vaya con el golpe de suerte! La ruleta giraba sin cesar, la bola giraba sin cesar, la sala giraba sin cesar.

La bola se paró. La ruleta se paró. La sala también se detuvo y Frankie pudo oír al croupier:

—El treinta y tres, negro.

¡Su número!

Y así comenzó. El croupier empujó el gran montón de fichas hacia él. La dama de rojo sonrió: entonces él colocó la mitad de las fichas sobre el rojo. Salió el rojo. Dejó el montón y el rojo volvió a salir. Había ganado tres veces seguidas.

La dama de rojo meneó la cabeza y se alejó de la mesa. Él recogió sus fichas y las llevó a un cajero. El hombre le pagó con billetes de veinte, cincuenta y cien. Tres mil veinte dólares, contantes y sonantes.

Frankie se los metió en los bolsillos, atravesando rápidamente por entre la gente a fin de volver a ver la dama, darle las gracias y quizás incluso darle su parte.

El portero abrió la puerta, la dama pasó delante y él gritó:

—¡Eh! ¡Espéreme!

El portero se lo quedó mirando.

—¿Qué pasa?

—No hablaba con usted —contestó Frankie—. Me dirigía a la señora.

—¿A qué señora? —preguntó el hombre.

Frankie no respondió, porque ya la veía franquear la puerta del bar. La alcanzó en la esquina de la calle. El aire fresco le acometió y le hizo sentirse mal; pero llegó hasta ella y le dijo:

—Gracias. Usted me ha dado suerte.

Ella se limitó a sonreír. A la débil luz, sus ojos eran más negros que nunca.

—Tenga. —Sacó un puñado de billetes—. Creo que se los ha ganado.

Ella no tomó el dinero.

—En serio —insistió Frankie—. Tómelos. —Luego se detuvo—. ¿Qué le pasa a usted? ¿Es usted sorda o qué?

No hubo respuesta. Ella era sorda, sí. ¿Se dan ustedes cuenta? Una mujer tan bonita, y sorda. ¿Pero no saben los sordos leer en los labios?

—¿Adónde va usted? —le preguntó Frankie.

Tampoco hubo contestación.

Puede que la dama fuera también muda.

No tenía nada de extraño que no la acompañara ningún caballero.

—¿Quiere usted venir conmigo? —le preguntó Frankie.

Ella no querría seguramente..., una mujer como ella... ir con un vagabundo.

Se puso en marcha, y ella le siguió sin hacer ningún ruido, ni siquiera con sus tacones, ya que llevaba una especie de sandalias. Nada de anillos ni joyas. Era un buen bocado, pero una verdadera estatua.

Y como una estatua se quedó en el centro de la sucia habitación.

¿Esperaba acaso algo? Lo único que sabía Frankie es que estaba cansado, terriblemente cansado. Atravesó la habitación, se dejó caer en la cama y, sin poderlo evitar, quedó profundamente dormido.

 

 

Debió dormir toda la noche con la cabeza reposando sobre el regazo de la dama. Ella debió quedarse sentada, inmóvil, despierta. Porque ahora era ya de día y lo contemplaba sonriente.

Y siguió sonriendo mientras él se lavaba, se afeitaba y se ponía la otra camisa que tenía. Trató de volver a dirigirle la palabra; pero ella no le respondió. Se contentó con sonreírle y aguardar mientras él se ponía el abrigo y tomaba el sombrero.

—Venga —le dijo—. Tengo hambre.

Bajaron a la calle. Frankie ya iba a entrar en la casa de comidas de siempre, cuando se acordó que llevaba tres mil dólares en el bolsillo. ¿Por qué no ir a comer a uno de esos restaurantes elegantes? Pero no podía ir a un lugar semejante vestido como estaba.

—Espéreme —le dijo—. Primero he de hacer una cosa.

Ella sonrió y le aguardó, mientras él iba a unos grandes almacenes a comprarse un traje completo, desde los zapatos al sombrero de veinte dólares. Aquellas prendas de confección le sentaban perfectas, y ahora, por la módica suma de ciento treinta dólares, tenía el aspecto de un millonario.

El dependiente se mostró muy correcto, pero ignoró a la dama. Frankie apenas si se fijó en ello, aunque poco después, en el restaurante, la camarera se portó del mismo modo, pues le trajo un vaso de agua y el menú, pero nada para la dama.

Pero ella no iba a comer nada. Frankie le mostró el menú y ella se limitó a mover la cabeza.

Entonces él se puso a comer solo. Al terminar, trató de hacer sus planes. Tenía casi tres mil dólares en el bolsillo; pero tenía también a la dama. La señorita No-oye-nada, la señorita No-habla-nada, la señorita Ño-duerme-nada, la señorita No-come-nada. ¿Qué iba a hacer con ella?

Ella le sonrió, y Frankie le devolvió la sonrisa. Pero comenzó a interrogarse. Estaba claro que ella le había traído la suerte; pero tenía algo inquietante... terriblemente inquietante. Debía hallar un medio de deshacerse de ella, antes de acarrearse complicaciones.

Salió del restaurante, y ella le siguió. Como hacía siempre por las mañanas, se dirigió hacia un determinado banco del parque; pero cuando se disponía a atravesar la calle sé paró. La dama lo sujetaba por un brazo y miraba un anuncio: Compañía Metalúrgica Acme. ¿Y bien?

Había un letrero en el escaparate del inmueble: «Hace falta personal.»

Él quiso dar otro paso, pero ella lo retuvo y alargó el brazo. Frankie guiñó los ojos: ¿era eso lo que ella quería? ¿Que entrara a pedir un empleo?

Evidentemente, podía hacerlo. Éste era el oficio que había tenido hacía ya muchos años. Poseía la cartilla de seguros sociales y podria volver a pertenecer al sindicato a pesar de haber sido un vagabundo. Pero ¿cómo podía saberlo ella? ¿Y qué le hacía creer que él iba a cargar con obligaciones, ahora que tenía ese puñado de dinero a su disposición?

Frankie, pues, meneó la cabeza negativamente. Pero ella continuó sonriendo y le tiró de la manga.

De repente él tuvo una idea.

—De acuerdo —le dijo—. Ya voy; pero espérame aquí. — Y señaló el portal; efectivamente, ella ; se quedó apostada. Él pasó ante ella, que le dedicó una ancha sonrisa.

Una vez dentro, Frankie empezó a sonreír a su vez. Aquella barraca debía tener una entrada por el otro lado. Saldría, pues, por ella. Muy sencillo.

Pero en el vestíbulo había un tipo que se dirigió a Frankie y le preguntó:

—¿Tú eres maquinista o metalúrgico?

—Moldeador — respondió Frankie, a quien se le escapó la palabra sin querer—; pero no estoy sindi...

—Ni nosotros tampoco, amigo. Ven a llenar la solicitud. Tienen prisa y el patrón reclama mano de obra. Es difícil encontrar gente experimentada en esta .ciudad.

Antes de que él hubiera podido decir nada, aquel tipo le había hecho entrar en la oficina, donde un hombre gordo y bonachón, llamado Chesley, le tendió un formulario.

Frankie iba a negarse, cuando la puerta se abrió tras él.

Entraron rápidamente, andando como autómatas. Los dos llevaban pañuelo de seda sobre el rostro. Debían habérselo atado en el vestíbulo, antes de sacar sus pistolas, con las que ahora les apuntaban. Uno de los bandidos gritó a través de su pañuelo:

—¡Arriba las manos y que nadie se mueva!

Estaban allí Frankie, aquel Chesley, un viejo contable y el individuo que lo había hecho entrar en la oficina. Los cuatro alzaron los brazos rápidamente.

—Contra la pared —ordenó el primer enmascarado—. Que esta pistola dispara. —Se dirigió hacia la caja fuerte y esperó.

Empezaron a moverse; el viejo contable parecía a punto de desmayarse. Y en efecto, de repente, se desmayó.

—¡Sostenedlo.!—gritó Chesley— ¡Padece, del corazón!

Los dos tipos enmascarados se volvieron y lo vieron desplomarse. Frankie lo vio también. Y no se dio cuenta de una gran papelera llena hasta que metió el pie dentro de ella.

La papelera se volcó con gran estrépito y, rodó, yendo a dar contra uno de los atracadores. Frankie perdió pie y cayó hacia delante. Agitó los brazos para agarrarse a alguna cosa y lo primero que encontró fue el cuello del atracador más próximo. Éste y Frankie se encontraron de repente en el suelo, y Frankie vio un revólver ante él. Sin pensar en el peligro, lo cogió.

El otro bandido lo vio y se apartó de la caja fuerte. Y en aquel momento, la papelera rodó y se le metió por entre las piernas. Sorprendido, se volvió y soltó un grito.. Pero al hacerlo dio la espalda a Chesley, que se le echó encima. De un golpe seco en el puño, Frankie le hizo soltar el arma y luego con la pistola amenazó a los dos hombres, inmovilizándolos mientras Chesley daba la señal de alarma.

Durante la media hora que siguió hubo gran excitación. Cuando la policía hubo terminado de interrogar a Frankie, les tocó el turno a los periodistas. Cuando los reporteros terminaron a su vez, intervino de nuevo Chesley; Frankie ya no tuvo que llenar el formulario.

Chesley tuvo sumo gusto en dar un empleo a Frankie, para que empezara al día siguiente.

Frankie estaba tan aturdido, que acabó por salir por la puerta de delante. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, ya era demasiado tarde para volver sobre sus pasos. Y ella estaba allí. Le había estado esperando todo aquel tiempo.

Como le había dicho el profesor, todo era cuestión de suerte. La ruleta, después el hecho de haber tropezado con la papelera y ahora este empleo y la vida nueva y decente que se le ofrecía. La suerte ciega.

Se la quedó mirando: cuando se producía algo importante, ella estaba siempre cerca.

Con una señal de la cabeza, Frankie la invitó a unirse a él, lo que ella hizo sonriendo. Fueron calle abajo juntos y él compró maletas; luego fue al Ardmoor y alquiló un apartamento amueblado. Doscientos billetes al mes y nada de preguntas. El empleado ni siquiera la miró, y el botones los condujo sin una palabra y sin la menor sonrisa de complicidad.

Dio una propina de medio dólar al muchacho y luego se sentó sobre la cama. Ella se quedó en medio de la habitación y sonrió.

—La cosa marcha, ¿eh, muchacha? Bueno, considérate en tu casa.

Quiso encender el cigarrillo, pero le ponía nervioso verla sentada, sin moverse, sonriente, como una estatua de piedra.

Tuvo ganas de tomarse una copa, una buena copita antes de cenar. Había un bar en la planta baja del Ardmoor: uno de esos lugares de categoría, casi en penumbra y muy tranquilo. Un lugar en donde uno podía descansar y beber.

Frankie se levantó.

—Espera aquí un minuto —dijo—. Voy a bajar a comprar un diario.

Ella ni intentó detenerlo. Se limitó a sonreír.

Bajó las escaleras hasta el vestíbulo. Cuando el camarero le preguntó qué deseaba; Frankie estuvo a punto de responder que «un mosky», pero al recordar que ya no estaba obligado a beber ese infecto matarratas, dijo:

—Rye con hielo.

Estaba bueno.

—Póngame otro —pidió.

El hombre se lo puso. También éste estaba bueno. Todo era bueno aquí. La oscuridad suave y agradable, y la música sentimental como sonido de fondo. Todo invitaba al reposo.

—Lo mismo —repitió.

Se sentía cada vez mejor. ¿Y por qué no? Gracias a su buena racha, nada podía salirle mal. Ni siquiera con la dama.

O por causa de la dama.

Esta idea le chocó al tomar el tercer vaso. Ella estaba en el fondo de su espíritu desde él principio, y, con la ayuda del tercer vaso, le pareció menos ridicula. La dama de rojo era la diosa Fortuna.

—Lo mismo —volvió a decir Frankie al camarero.

¿Qué había dicho aquel buenazo del profesor?... «Si crees en ella, puede que venga a ti.» Él había experimentado este sentimiento la noche anterior. Era absurdo, pero también es cierto que la suerte es siempre absurda. Como decía el profesor, algunos tienen todas las rachas, mientras que otros se encuentran siempre en el lado malo de la barricada.

Absurdo o no, le había ocurrido a él. Tenía a la diosa Fortuna precisamente en el sitio donde la había deseado tener: a su lado.

—Otro más —dijo Frankie.

Era la más singular, la más enorme sensación del mundo: estar sentado allá y saber que la suerte le sonreiría en adelante y estaría a su lado. La suerte ciega y muda, pero siempre sonriente. Dispuesta a darle todo lo que él quisiera.

Frankie evocó todas las cosas que él había podido desear en el curso de los últimos años. Uno de esos pequeños coches ingleses. Una finca rodeada de bosque, quizá con un pequeño lago privado para la pesca. Y después de una buena casa, habría querido, más que nada en el mundo, una rubia. Como la que se encontraba en el otro extremo del bar.

Era una chica estupenda, con las piernas desnudas. Fumaba en una de esas boquillas de fantasía e iba elegantísima. La clase de muñeca que Frankie no había tenido nunca el valor de mirar dos veces.

Pero ahora, ¿por qué no? Todo había cambiado. La suerte era suya. Si deseaba alguna cosa, la podía obtener. Puede que ella hubiese enviado a esta rubia expresamente, sabiendo sus deseos.

Era muy sencillo. Él no tenía más que acercarse y decirle; «¿Quieres una copa, muñeca?», o mejor aún: «¿Le gustaría tomar una copa conmigo?» Esto último sería más elegante.

Pareció más elegante, en efecto, y dio resultado. Ella aceptó. Frankie se levantó, un poco aturdido, y la ayudó a encaramarse en el taburete. Luego se volvió a sentar, se bebió otra copa y se encontró a sus anchas, perfectamente a sus anchas.

Se sentía cada vez mejor. Le resultaba fácil expresarse. Ella se llamaba Margot. No, Margaret no, Margot. Desde luego, la dama de rojo le esperaba arriba. Puede que debiera subir a verla. Mas ¿para qué? Ella no comía; la Suerte no tiene necesidad de alimentarse. La Suerte era gratuita, y todo sería gratuito y fácil de ahora en adelante.

También era fácil hablar a Margot. Fácil explicarle que él tenía una racha. Que todo lo que tocaba se convertía en oro.

Frankie, pues, se lo explicó todo mientras bebían. Le contó cómo acababa de mudarse, cómo había hecho detener a los atracadores aquella mañana y cómo había ganado aquel dinero el día antes. Y esto no era más que el principio, ya vería.

Ella declaró que le gustaría verlo. Ya le llamaba «mi Frankie» y le confesó que temía estar un poco bebida.

Luego la sala del bar comenzó a llenarse. Frankie propuso comprar una botella y subir para bebérsela tranquilamente en su habitación.

Ella le respondió:

—¡Oh, no sé si debo!

Pero Frankie veía claramente que estaba ya decidida, y, en efecto, acabó por decir que sí.

Él camarero les envolvió, pues, una botella. La llevó la muchacha, porque a él le costaba un poco de trabajo andar.

De repente, Frankie se acordó de algo y pidió a su acompañante que le esperase un momento. Precipitadamente se dirigió a su habitación.

Ella seguía sentada y le sonreía; ni siquiera había movido un músculo desde que él se marchara.

Frankie se adelantó y le dijo:

—Gracias. Muchísimas gracias. Pero ahora debes irte, porque, si no, ella te vería. Queremos estar solos, ¿comprendes?

Ella siguió inmóvil, sin oírle. Así que él se puso a repetirle esas palabras a voz en grito. Y luego la cogió por el brazo y la empujó hacia la puerta. Era como si moviera una estatua; pero lo logró. La llevó por el pasillo hasta el vestíbulo, esperando que no viera a la rubia.

Pero debió de verla, porque la miró fijamente y dejó de sonreír. Se quedó inmóvil y en sus negros ojos asomó una mirada de hielo que lo traspasó.

Frankie trató de sonreír y la empujó ligeramente.

—Vete —le dijo—. Vuelve mañana. Sé buena.

Entonces ella se alejó y Frankie fue a buscar a la chica y la llevó a su habitación.

—¿Con quién hablabas? —le preguntó Margot —. ¿Contigo mismo?

—¿Y qué importa?—repuso Frankie.

Dejaron de hablar del asunto y se bebieron una copa. Para demostrarle a la joven que no mentía, Frankie le enseñó su fajo de billetes.

Después de esto, las cosas fueron aún mejor entre la rubia y él. Ella le dijo que lo quería mucho, más que mucho; pero él estaba tan borracho y tenía tanto sueño, que le costaba trabajo mantener los ojos abiertos.

Cosa curiosa, en ese momento a Frankie le pareció que llamaban a la puerta. Creyó que tal vez sería la dama de rojo; pero antes de que pudiera tratar de comprobarlo, se quedó dormido.

 

 

Cuando Frankie se despertó, ya era de día y el sol brillaba. La rubia se había marchado, y con ella el dinero e incluso las maletas nuevas. Se encontró con un dólar y treinta y cinco centavos en calderilla en uno de sus bolsillos. Estaba metido en un buen aprieto.

Efectivamente, antes de que hubiera podido poner orden en su mente, el director le telefoneó para quejarse y pedirle que abandonara inmediatamente el apartamento porque había molestado a los vecinos durante la noche.

Entonces, recordando que no le quedaba más que un dólar treinta y cinco, Frankie quiso hablar de una devolución de dinero; pero el director le declaró que, si insistía, llamaría a la policía. Además no quería a un ex condenado en su establecimiento.

A Frankie le pareció que la cabeza le iba a estallar. No .podía comprender cómo el director podía saber «eso».

Lo comprendió cuando al bajar y comprar un periódico leyó el titular: Un ex condenado hace fracasar un atraco, y su propia historia a continuación. Toda su historia, porque algún reportero maligno debió haber hojeado los archivos, para ver qué se podía decir de Frankie, y había encontrado su nombre en un viejo artículo escrito en la época de su condena.

Era, pues, inútil ir a ver a Chesley para hablar del empleo. También el fajo de billetes se había evaporado gracias a aquella pérfida rubia...

Bueno, ¿y qué? Era el juego. Podía ganar más con su suerte.

¿Con su suerte?

¡Si ella había también desaparecido! ¡Y ella era su suerte!

Debieron tomar a Frankie por un loco cuando volvió corriendo al Ardmoor y habló al director de la dama de rojo. El director no la había visto, por supuesto. Ni nadie, salvo Frankie.

Volvió al restaurante y al almacén, todos los lugares en que había estado. Nadie sabía nada.

¿Cómo la había llamado el viejo profesor? Fortuna, la diosa caprichosa. ¡Caprichosa! ¡El único caprichoso había sido él! Él la había abandonado por una rubia, la había despedido por una rubia bribona y ladrona.

Frankie se pasó el día recorriendo la ciudad, buscando a la dama de rojo. Pero no la vio. Le dolía la cabeza, le dolían los pies y hablaba solo.

Finalmente decidió probar en el bar. Allí era donde la había encontrado. Puede que estuviera en la sala del fondo, donde giraba la Rueda de la Fortuna.

Empezaba a hacerse de noche y Frankie estaba hecho un pingajo. A causa del malestar posterior a la borrachera, de su larga caminata y de aquella extraña confusión que le impedía distinguir la realidad, apenas si veía.

Estaba a unos cien metros del establecimiento, cuando frunció los ojos y se irguió. Una persona que se parecía a la dama de rojo salía por la puerta delantera.

Frankie echó a correr. La dama se alejaba rápidamente, haciendo sonar sus altos tacones. Al acercarse, Fíankie pudo ver que no era la dama de rojo.

Pero vio de quién se trataba. Era la rubia... ¡Margot! Venía de jugar a la ruleta... ¡con su dinero!

Ella se apresuraba en la dirección opuesta, sin darse cuenta de que Frankie corría hacia ella. La alcanzó en la esquina de una callejuela.

Frankie sabía ahora que la dama de rojo estaba con él, aunque no la hubiera visto desde la mañana. Seguramente ella habría arreglado el encuentro con Margot. La suerte estaba, pues, todavía de su parte.

Entonces supo lo que debía hacer.

Cogió a la rubia por la cola de caballo y la metió rápidamente en la callejuela. Ella se volvió y lo vio. Abrió una boca y unos ojos inmensos.

—¿Dónde está el dinero? —gritó Frankie sacudiéndole la cabeza—. ¿Dónde está mi dinero?

Sacudía de tal manera a la rubia, que ésta no podía hablar. Pero su bolso se le escapó y cayó sobre el pavimento, desparramándose una gran cantidad de objetos menudos. Margot señaló su bolso, jadeante.

Frankie le pegó un último empujón. Luego, poniéndose de rodillas, registró entre el fárrago de cosas caídas del bolso. Y halló un par de dólares en calderilla.

—¡Lo has perdido! —gritó Frankie—. ¡Lo has perdido todo! Eres una ladrona...

Se la quedó mirando.

La espalda contra la pared, estaba sentada en el mismo lugar donde él la había tirado. Cuando Frankie le pegó el empujón, ella se golpeó en la cabeza; debió ser un golpe muy fuerte, porque le corría la sangre por la mejilla.

Frankie se inclinó y quiso palpar su frente; pero la cabeza de la rubia cayó hacia delante. Estaba muerta.

Frankie salió corriendo de la calleja. Tenía ganas de escapar, pero no podía ir a ninguna parte. Sabía que en cuanto encontraran a la rubia, le seguirían la pista hasta el hotel, lo identificarían y más pronto o más tarde le detendrían.

Frankie tenía en la mano aquellas monedas. Únicamente le alcanzaban para pagarse una copa o dos, así que se dirigió hacia el bar, entró y se subió a su taburete habitual.

El viejo profesor estaba allí, y Frankie quiso contarle su aventura. Quería contársela porque el profesor quizá pudiera resolverle un problema muy importante. ¿Había habido realmente una dama de rojo o todo había sido imaginación?

Frankie se puso a contar apresuradamente su historia al profesor. El profesor estaba completamente borracho, como Frankie la víspera; pero pareció comprenderle.

—Alucinación —le dijo—. Era una cosa que estaba en tu ánimo, y en esos casos, la realidad se hace puramente subjetiva. ¿Pero es que existe un mundo objetivo? Ésa, amigo mío, es la cuestión.

Apartó la mirada de su copa y contempló la puerta de la sala del fondo.

—Un momento —dijo—. ¿A quién hace señas,?

—Yo no veo a nadie —le respondió Frankie.

—Entonces es a mí a quien busca — dijo el profesor.

Se bajó del taburete y se dirigió hacia la puerta. Por un instante, Frankie le vio mover los labios gesticulando, como si hablara con alguien. Luego asintió con la cabeza y mantuvo la puerta abierta para dejar que alguien entrara con él hacia la sala del fondo.

Frankie seguía sin ver a nadie; pero se acordó: el profesor había dicho que la Fortuna era una diosa caprichosa. Puede que ella tuviera ahora un nuevo amigo que quizá la trataría mejor. O a lo mejor era que había transmitido su alucinación al profesor, como se transmite el sarampión y la gripe. Tal vez los dos estaban mal de la cabeza. Quizá todo provenía de su imaginación.

A lo, mejor también había imaginado que mataba a la rubia; Frankie ya no sabía qué creer, cuando de repente oyó las sirenas y supo que no todo había sido fruto de su imaginación.

Las sirenas se acercaron y Frankie alzó su copa.

—¡A la suerte! —exclamó.

En ese momento entró la policía.

 

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